Dios encomendó a Saulo de Tarso para que orase a favor de tres grupos: los hijos de Israel,  los gentiles,  y  los reyes de la tierra.  Nosotros añadimos un cuarto, el cual está en el corazón de Dios y es la iglesia. Oramos para que la iglesia sea una iglesia saludable, que el espíritu que se manifestó en el libro de los hechos esté en la iglesia hoy. Primeramente, oramos por el espíritu de unidad, para que no haya división, y Dios libere a su pueblo del espíritu de partidismo, de división. El diablo vino a hurtar y matar y destruir, pero Jesús vino para dar vida (Juan 10:10). El ruego de Jesús era: “Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros” (Juan 17:11 R60). Dios nos hizo uno, por eso somos el cuerpo de Cristo. El milagro más grande obrado en el pentecostés fue que la iglesia se hizo una.

La iglesia debe ser una, no importa que el diablo haya sembrado en ella cizaña, no importa que el diablo haya llenado de intriga, murmuración y separación; no importa que el diablo nos haya enfrascado en competencia, sabemos que el que está con nosotros es más poderoso que el que está en el mundo. Dios es uno, y la gran verdad revelada en la Biblia es que Dios es uno: “un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. (Efesios 4:4-6).

Vemos a pastores que están agobiados, porque se encuentran turbados, porque luchan y luchan y se esmeran, pero no pueden realizar el propósito, porque tiene que están bregando con divisiones. Un reino dividido no permanece. Reprendemos el espíritu de división, el espíritu de Satanás que dividió el cielo,  cuando quiso ser como Dios. La Biblia revela que cada vez que hubo división, había deseo de exaltación. Todo el que se rebela es porque anda buscando una posición. Así como Coré, Datán y Abiram buscaron un pretexto, y dijeron a Moisés: “¡Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos está Jehová; ¿por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová?” (Num 16:3). Aparentemente estaban defendiendo la santidad del pueblo, pero lo que querían decir era que Moisés se estaba adueñando del pueblo de Dios, pues lo que ellos buscaban era el liderazgo.  Moisés pudo identificar la intención y dijo a aquellos que eran levitas: “Oíd ahora, hijos de Leví: ¿Os es poco que el Dios de Israel os haya apartado de la congregación de Israel, acercándoos a él para que ministréis en el servicio del tabernáculo de Jehová, y estéis delante de la congregación para ministrarles,  y que te hizo acercar a ti, y a todos tus hermanos los hijos de Leví contigo? ¿Procuráis también el sacerdocio?” (Num 16:9-10).  Ellos apetecían liderazgo, anhelaban ser sacerdotes, pero no podían ejercerlo, porque no eran de la casa de Aarón.

El espíritu revela que donde quiera que haya rebelión  hay deseo de liderazgo, un deseo de usurpar el lugar de la autoridad. Lo mismo ocurrió con Aarón y María, los cuales murmuraron en contra de Moisés: “¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros? Y lo oyó Jehová” (Num 12:2). Pero eso era simplemente el pretexto, por dentro estaban codiciando el lugar de Moisés, por eso Dios sacó a María, leprosa, por diez días del campamento. Los que se rebelan siempre buscan una causa secundaria para ocultar el verdadero motivo, y el espíritu revela que cada vez que alguien se rebela en la iglesia es porque anda buscando liderazgo, está envidioso, quiere usurpar el lugar de alguien.  Cada vez que hay rebelión hay deseo de sustituir el liderazgo.

Mi hermano, mi hermana, si tú estás en rebelión, si en tu corazón ha nacido una hostilidad hacia tu pastor, hacia tu líder, el Espíritu del Señor te habla en este momento y te dice: «¡Renuncia a eso! No te dejes engañar por Satanás. El espíritu del reino de los cielos es que nos prefiramos en honra los unos a los otros». Preferirnos en honra significa que si a mí me van a dar un homenaje, un honor, yo renuncio a esa deferencia y digo: «No, deséenla a  fulana o perencejo, o a mi compañero mengano». Ese es el espíritu del reino donde no buscamos nuestra gloria, sino la de Dios, no queremos honores para nosotros, sino para Dios, y queremos que los demás sean honrados y no nosotros.  Posiblemente, ni tú has percibido que en ti hay un espíritu de competencia; que tú estás anhelando, deseando, envidiando el lugar de otro, como Lucifer que quiso el lugar de Dios, la serpiente antigua que le dijo a Eva «tú serás como Dios», es el mismo espíritu cada vez que hay rebelión. Es el espíritu de partidismo de la iglesia de corintos: “Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos…”  (1Co 3:4 R60). El espíritu que divide al cuerpo.

Y Dios dice a los rebeldes: «¡No sean ingenuos! ¿Cómo pueden ustedes pensar que yo voy a respaldar una rebelión? No se dejen engañar por Satanás pensando que yo voy a respaldar esa división. Ay de quien divide mi cuerpo -dice el Señor-, porque ni aun en la cruz del calvario ninguno de mis huesos fue quebrantando». El Padre permitió que el cuerpo de Cristo fuese lacerado en la cruz, hasta que murió, pero después que murió, Juan dijo: “Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. (…) Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo” (Juan 19:34, 36). Dios no permitió que Jesús ni aun muerto fuese quebrantado, porque representaba el cuerpo de Cristo. Pablo habla de cuidarnos de los perros y de los mutiladores del cuerpo.  ¡Ay de aquellos que mutilan el cuerpo, que dividen el cuerpo, que hacen daño al cuerpo de Cristo!

«Hay un montón de ministerios e iglesias que son plantas que no plantó mi Padre -dice Jesús-, y toda planta que no plantó mi Padre será desarraigada». En estos ambientes están funcionando con los dones, como aquel 75% del fruto o del resultado de la germinación de la semilla, en la parábola del sembrador. En tres terrenos la planta germinó, y llegó a echar ramas, pero nunca llevó fruto. Y dice Jesús que son aquellos que oyen la palabra de Dios que “habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan. (…)… los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto” (Lucas 8:13-14). Ese por ciento que no dio fruto es porque no tenían buen corazón, dice la parábola, que sólo en un terrero dio fruto, y dice Lucas: “Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia”  (Lucas 8:15). Esos tres grupos que crecieron, pero que no dieron fruto, que recibieron la palabra con gozo, y estaban funcionando con el efecto de la palabra, porque la palabra que es la semilla, brotó, germinó e hizo crecer. Porque la palabra tiene poder, pero si no hay fruto, no está Dios. Jesús dijo que por el fruto se conoce el árbol.

Hay personas, grupos, iglesias que se han dividido, que han salido de otras iglesias, y aparentemente están creciendo. Mas, solo es el efecto de los dones y la Palabra, un día juzgará Dios. Así como dijo Jesús: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mat 7:22-23). Dice la Palabra: “Conoce el Señor a los que son suyos” (2Ti 2:19). Dios sólo conoce a los que son de Él. Cuando los ángeles en el día final salgan a la vendimia, a la cosecha, van a separar  el trigo de la cizaña. El trigo y la cizaña son tan parecidos que se confunden, por eso el padre de familia le dijo a sus siervos que quisieron arrancar la cizaña en el sembrado de trigo, en aquella parábola: “No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo” (Mat 13:29). Solamente cuando llegan a la madurez, el tiempo de la cosecha, cuando el trigo se pone más amarillo y la cizaña se vuelve negra, entonces es fácil separarlos.

Hay muchas cosas que parecen de Dios, pero no son de Dios; hay muchas cosas que aparentemente nacieron en Dios, pero no son de Dios. Toda iglesia o ministerio que comenzaron con un espíritu de división o rebelión jamás serán aceptados por el Padre. ¡No se engañe nadie! Dios es un Dios de verdad, en Dios no hay mentira, en Dios no hay engaño. Que Dios abra los ojos a todas aquellas ovejas que están siendo seducidas por rebeldes. Dios es un Dios que ama la autoridad, y nos manda a someternos a toda autoridad, y al orden de Dios. Y la rebelión o se justifica de ninguna manera. Por eso el hombre que tenía el corazón de Dios, como David, cuando Saúl se rebeló contra él y lo quería matar y lo perseguía,  él dijo: “No extenderé mi mano contra mi señor, porque es el ungido de Jehová. (1Sa 24:10 R60).

Parece increíble que de una adoración tan elevada e intercesión a favor de la unidad de la iglesia, salga esta exhortación tan fuerte, pero el Espíritu Santo ha guiado esta oración por la unidad de la iglesia, porque quiere llegar a los espíritu de los rebeldes para que se conviertan al Señor y se vuelvan otra vez a la armonía del cuerpo y desistan de ese sentimiento que tienen oculto que a veces ni ellos mismos saben que esconde avaricia y deseos de posición. Y están tratando de usurpar la posición o función del líder. Mas, hoy te digo como el ángel le dijo a Agar: “Vuélvete a tu señora, y ponte sumisa bajo su mano” (Gen 16:9). Tú eres una sierva y ella es la señora; ella es la que está en autoridad. Nota que fue Sara la que originó esta situación y causó todo lo que pasó, pero aun Dios le dijo a Abraham, cuando Sara le pidió que echara a la esclava y a su hijo: “No te parezca grave a causa del muchacho y de tu sierva; en todo lo que te dijere Sara, oye su voz, porque en Isaac te será llamada descendencia” (Gen 21:12). Y es que ellos tenían una actitud mala contra Sara, e Ismael se burlaba de Isaac.

Escucha bien mi hermano, mi hermana, Dios no justifica de ninguna manera la rebelión, no importa que la justifiquemos como la justifiquemos. Algunos saben hasta espiritualizar la rebelión y saben esconderla en sofismas y argumentos, pero el Espíritu de Dios desenmascara ahora el espíritu de rebelión y revela, en toda la Biblia, que donde quiera que hubo espíritu de rebelión se ocultó un deseo de usurpar la autoridad el líder. Y hay muchos quioscos que se hacen llamar iglesias, establecidas por rebeldes, nacidas de rebelión. Ten mucho cuidado mi hermana y mi hermano que esto es algo que alarma. Es increíble como alguien puede creer que Dios va a respaldar algo así. Y peor aún, las ovejas ingenuas que siguen a la voz de estos rebeldes que les dicen: «Vamos a tener una ministerio así o asá… Vamos a triunfar». ¡Mentira del diablo! ¡Jamás! ¡Jamás! Puede que veas un crecimiento, pero será como el de la semilla en aquellos tres terrenos. Los dones se manifiestan. Es como cuando tú ves a alguien que pasa al frente, llorando, y crees que es conversión, y no lo es. Solo fue el efecto de la Palabra en ellos, pero no hay fruto. Puede que germine la palabra, que salga el tallo, que haya ramas, y hasta espigas, pero si no hay fruto, no está Dios. Los frutos no son los dones. Puede que los dones se manifiesten y haya milagros, y buena predicación, revelación de Dios, pero si no hay fruto no es de Dios. ¿Y qué es el fruto? Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. Ese es el fruto, el sentir de Dios.

Dios es autoridad, Dios es honra. En el reino de Dios hay honra: “en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros” (Rom 12:10). La gran verdad del reino de Dios es: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es”  (Dtn 6:4). Dios no está divido, donde quiera que hay división no está Dios. Puede ser que Dios se valga de alguna circunstancia, como cuando Pablo y Bernabé se dividieron por un conflicto que hubo entre ellos acerca de Juan Marcos, pero siguieron amándose y respetándose. Vemos luego como  Pablo habla con honra de Bernabé y de Marcos dice: “Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio”  (2Ti 4:11). Separados en el ministerio, pero unidos en el propósito, unidos en el cuerpo. Puede que haya circunstancias donde Dios nos separe, y se valga de algo, como la persecución que envió a Jerusalén para que fueran por el mundo entero. El Señor puede hacer eso, para separarnos, pero se ve que es Dios que está actuando, y no por envidia, celos, rebelión, intriga competencia, y resentimiento, no, no, no, no, ahí no está Dios, ¡ahí no está Dios!

Rogamos a Dios que el que tenga el Espíritu de Dios  entienda. Si a ti, en este momento, alguien te quiere seducir y te quiere arrastrar, para que tú dejes el ministerio, tu iglesia, tu pastor, tu líder, y le sigas ¡cuidado! ¡Cuidado! No te dejes engañar, porque a veces se usan tantas sutilezas, ten mucho cuidado… ten mucho cuidado. Llegó a tiempo la advertencia de Dios. No digas, luego, que Dios no te lo dijo, porque ha tomado la boca del pastor Radhamés, quien no suele hablar de esto, pero que en medio de una intercesión a favor de la unidad de la iglesia, para echar fuera del cuerpo de Cristo ese espíritu de desunión, de desarmonía,  para que reine el espíritu de honra y amor.

Tenemos que perdonarnos, amarnos y honrarnos los unos a los otros; saber que le estamos sirviendo a un mismo Señor y defendemos una misma causa, no importa qué función, como siervos, hagamos en la casa. Quizás tú tengas que servir el alimento, como el siervo fiel y prudente, y otros están cuidando los animales en el campo, y otros están limpiando la hacienda, y otros están administrando los bienes del Señor. Pero todos estamos trabajando en la casa grande, y cuando venga el Señor pedirá cuenta. Y si tú crees que algún siervo está siendo infiel, aplica la palabra que dijo Pablo: “¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno?  (Rom 14:4 R60). El siervo no es tuyo, es ajeno. Si tú crees que él está mal y el Señor lo aprueba, quién eres tú para desaprobarlo, si no es tuyo. El que tiene que estar contento con su servicio es el señor a quien pertenece el esclavo o el siervo, no tú, pues tú no eres el señor de él. Si el Señor lo aprueba y es el dueño del esclavo, quién eres tú para  juzgarlo; y si está mal, poderoso es Dios para volverlo a levantar y restaurar (Rom 14:4). ¿Quién eres tú que juzgas  el siervo ajeno?

Ruego a Dios que nos ilumine en este día. Oro por el espíritu de unidad  y lo proclamo sobre todo el cuerpo de Cristo. Un día el Señor nos va a dar un segundo Pentecostés, y verán bautistas, metodistas, pentecostales, todos juntos, llorando en el cuello, los unos a los otros, pidiendo perdón, porque hemos dividido el cuerpo de Cristo, y olvidándonos de teología y énfasis, yendo al Espíritu Santo de Dios, como aquellos 120 se olvidaron de sus criterios y se unieron, porque Cristo se puso en el centro. Así, aquel día, Jesús se pondrá en el centro como un imán, y todos seremos atraídos y estaremos unidos otra vez y llegaremos a ser un solo cuerpo y el mundo va a ver que Dios envió a Cristo. Y van a ver una sola iglesia con un solo nombre, el nombre de Jesús. El que es de Dios la palabra de Dios oye. Que Dios te bendiga y te dé la victoria en Cristo Jesus. Amen.

Extracto tomado de la ministración intercesora (parte final) del pastor Juan Radhamés Fernández, en su programa radial “Tiempo de Adorar”, jueves de 8:00a-930a por RCN-1430AM. Para escucharlo en su versión original visítanos en: El espíritu Contra la Unidad

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