Octubre 09, 2014

Confesión Como un Juego

“Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, a quien se le borran sus pecados. Dichoso aquel a quien el SEÑOR no toma en cuenta su maldad y en cuyo espíritu no hay engaño.”1

La confesión es necesaria para sanar de muchas enfermedades. También se necesita para mejorar espiritual y emocionalmente. Sin embargo, tengan en mente que “la confesión sin arrepentimiento es un juego.”

El arrepentimiento verdadero no solo incluye el lamentarnos por los errores que hemos cometido, pero literalmente significa darse la vuelta e irse en el sentido contrario. Necesitamos, con la ayuda de Dios, determinar cómo dejar de cometer los pecados que confesamos.

Comprendamos, también, que algunos (si no todos) actos externos al pecar son el “fruto de una raíz muy profunda.” Es decir, los actos visibles del pecado son los síntomas de un pecado mayor. Y como lo indicó Cecil Osborne, “cuando estamos escondiendo un gran pecado o falta confesamos con gran vigor uno más pequeño.”

Por ejemplo, una persona que critica y es negativa es una persona enfadada. Si él va a dejar de criticar a los demás, también necesita confesar y resolver la causa de su ira. Una persona controladora es una persona muy insegura. Para sobreponerse a su problema, ella necesita confesar y buscar ayuda para resolver su inseguridad. El hombre que golpea y lastima al sexo opuesto (o las utiliza para el sexo) es muy probable que tenga problemas sin resolver con su madre y este enojado con ella. El necesita confesar no sólo su ira contra las mujeres, pero también admitir, confesar y resolver los conflictos con su madre. Es igual con la mujer que tiene conflictos sin resolver con su padre y los refleja en su sexualidad. Nosotros podemos confesar y hablar sobre estos problemas de manera creativa o inevitablemente los sacaremos de forma destructiva y pecaminosa.

Por lo tanto, la confesión verdadera y el arrepentimiento genuino requieren que seamos honestos con nosotros mismos, o como lo dijo David, sin iniquidad en el espíritu. Es decir, no estamos viviendo en la ceguera. En otras palabras, necesitamos ver, admitir y confesar no sólo nuestros pecados externos (los que son obvios), pero también los pecados del espíritu que por lo regular están muy escondidos y son la causa de que actuamos de manera destructiva y pecaminosa. Si no hacemos esto, no es posible el arrepentimiento genuino porque mientras no confesemos y resolvemos nuestros pecados internos, continuaremos actuando de una u otra manera destructiva.

Se sugiere la siguiente oración: “Querido Dios, por favor ayúdame a ver, admitir, y confesar los problemas profundos que tenga sin resolver y sean la causa de mi enfermedad o de que actúe de manera pecaminosa. Guíame para encontrar la ayuda que necesito y así sobreponerme a mis problemas para que mi confesión y mi arrepentimiento puedan y sean genuinos. Gracias por escuchar y responder a mi oración. Te agradezco. En el nombre de Jesus, amen.”

1. Salmos 32:1-2 (NVI).