Julio 14, 2015

Perfeccionismo

“Por tanto sean perfectos así como su Padre celestial es eprfecto.”1 “Y todo lo que te venga a la mano, hazlo con todo empeño; porque en el sepulcro, adonde te diriges, no hay trabajo ni planes ni conocimiento ni sabiduría.”2

Un lector de Encuentro Diario quiere saber acerca del perfeccionismo y pregunta, “¿Es saludable y algo maduro, o es una enfermedad y una forma de inmadurez?”

El perfeccionismo es un comportamiento compulsivo en donde uno está atado buscando obtener la aprobación de los demás y para probarse a si mismo que él/ella es una persona perfecta. Viene en su mayoría desde el entrenamiento en la infancia, infortunadamente, de algunas iglesias donde a las personas se les enseña que ellos pueden alcanzar la perfección sin pecado. Esta es una carga muy pesada para cualquiera. Como lo dijo Juan, “Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad.”3

El hecho es que—incluyendo a los cristianos—vivimos y somos parte de este mundo imperfecto, quebrantado y pecador, y no nos liberaremos de nuestra naturaleza pecadora u nuestras imperfecciones hasta que lleguemos al cielo. Y mientras que la Biblia nos exhorta a que hagamos lo mejor que podamos, nunca implica que debemos de ser perfectos en este lado de la eternidad. De hecho, en donde la Biblia dice “se perfecto’ las palabras se pueden traducir por “completo” o “maduro.” Lo que Dios desea es que crezcamos hacia la plenitud (pureza) y la madurez y que aprendamos a estar satisfechos cuando hemos dado lo mejor de nosotros.

No se nace perfeccionista. Las personas se hacen perfeccionistas. Por ejemplo, digamos, que Juanito saca cinco A en su boleta de calificaciones y una B, ¿qué es lo que le dicen sus padres? “¿Cómo es que no sacaste puras As?” Y así es como Juanito crece. No importa lo que haga bien y que tan bien lo haga, nunca es suficiente. Nunca puede satisfacer a sus padres y por siempre trata en un vano intento de obtener su aprobación. Nuestra sociedad tiende a confirmar la enseñanza de que nuestro valor depende de nuestro desempeño—al obtener buenas calificaciones, ser un gran atleta, ser ascendido en el trabajo, ser físicamente atractivo y así.

Como adulto el niño perfeccionista aun siente que lo que él hace nunca es suficiente. Cuando él proyecta su actitud hacia los demás, puede arruinar su relación porque su esposa e hijos nunca lo van a complacer. El se siente en la misma forma hacia Dios—siente que tampoco lo puede complacer. Así que él vive en un constante estado de confusión interna y puede ser muy difícil vivir con él.

¿Pero qué puede hacer él para romper estas ataduras?

Primero, él necesita reconocer el hecho de que aprendió este comportamiento negativo—y admitir que es un neurótico. Es solo cuando él admita esto que alguien le podrá ayudar a vencerlo. Mientras que su condicionamiento no tiene nada que ver con sus fallas, es imperativo que él acepte la responsabilidad completa por lo que es y no quedarse atorado en el juego de la culpa, “Así es como soy,” es seguido la excusa a mano para no crecer y madurar.

Segundo, con la ayuda de Dios y la de una persona de confianza, y/o un consejero él va a necesitar reprogramar sus pensamientos y sus sentimientos para aprender que no necesita ser perfecto o hacer nada especial para ser amado y aceptado como es él—de la forma en la que Dios nos ama y acepta. Con el tiempo (y toma bastante tiempo) al ser amado y aceptado en forma incondicional el aprenderá que su valor como persona nunca depende de su desempeño, pero en el hecho de que él es quien es y no lo que hace. Al hacerlo, él aprenderá a aceptar el hecho de que Dios lo ama y acepta por quien él es y que él no necesita seguir esforzándose para ser perfecto y merecer el amor y la aceptación de Dios o de los demás.

Se sugiere la siguiente oración: “Querido Dios, por favor ayúdame a reconocer todas mis debilidades y a entregártelas a ti y a las personas de mi confianza para poder sanar y estar liberado. Ayúdame a aprender a un nivel muy profundo que soy amado y aceptado por ti y por los demás por ser quien soy y que mi valor como persona nunca depende de mi desempeño. Gracias por escuchar y responder a mi oración. Te agradezco. En el nombre de Jesús, Amén.”

1. Mateo 5:48 (NVI).
2. Eclesiastés 9:10 (NVI).
3. 1 Juan 1:8 (NVI).