Noviembre 25, 2014

Personas Complacientes

“Y en el templo halló a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, e instalados en sus mesas a los que cambiaban dinero. Entonces, haciendo un látigo de cuerdas, echó a todos del templo, juntamente con sus ovejas y sus bueyes; regó por el suelo las monedas de los que cambiaban dinero y derribó sus mesas. A los que vendían las palomas les dijo: ¡Saquen esto de aquí! ¿Cómo se atreven a convertir la casa de mi Padre en un mercado?”1

De una cosa podemos estar seguros: Jesús no trataba de complacer a las personas.  La realidad es que los que tratan de complacer a los demás inevitablemente se frustran y se molestan porque no obtienen la respuesta que ellos desean al tratar de complacer a los demás, y al final terminar sin complacer a nadie.

No es posible complacer a todos.  Cuando lo intentamos, lo hacemos por nuestra necesidad de aprobación—un substituto del amor.  Como lo dijo una persona, “Si tienes que pararte de cabeza para complacer a los demás, todo lo que puedes obtener será sólo un dolor de cabeza.”

O como alguien más lo dijo, “Si apoyas algún tipo de idea habrá personas que estarán contigo y otras que estarán en tu contra.  Pero si no apoyas nada, no tendrá a nadie en tu contra—y nadie contigo.”

Como lo indiqué anteriormente, Jesús no era de los que “complacen a los demás.” El representaba la verdad y lo justo sin importarle lo que los demás pensarán sobre él. Que Dios nos ayude a todos a hacer lo mismo.

Se sugiere la siguiente oración: “Querido Dios, ayúdame a encontrar la seguridad interior en tu amor y en el amor de otros para así no estar buscando el amor al tratar de complacer a los demás. Libérame de esta atadura. Gracias por escuchar y responder a mi oración. Te agradezco. En el nombre de Jesús, Amén.”

1. Jesús (Juan 2:14-16, NVI).