Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó”  (Lev 10:1).  Estrito por: Pastor Juan Radhames Ferndandez

Este incidente tan triste nos enseña y enfatiza lo que Jehová, de muchas maneras, a través toda las Escrituras nos ha enseñado, y es que hay una sola manera de hacer las cosas y es como Jehová ha instruido o de acuerdo a la instrucción de Dios. Y aunque muchas veces hemos escuchado mensajes con esta misma tónica, el Dios del cielo quiere sembrar eso en nosotros como pueblo, en este tiempo que el Señor está restaurando todas las cosas. Especialmente en el aspecto de la restauración que tiene que ver en volver de nuevo al orden. La restauración contienes varios aspectos, el Dios sanar, el Dios librar, el Dios restituir, el Dios traer de lejos a los que se han ido, el Dios reconstruir como en el tiempo de la restauración del templo. Pero hay algo muy importante y es volver al orden.

La iglesia cristiana ha sufrido el impacto de los tiempos, y ha querido adaptarse a este siglo, recibiendo presiones por doquier que así como el mundo cambia debe cambiar la iglesia. Es la razón por la que muchas iglesias están ordenando sacerdotes al estilo de Jeroboam, por mantener su estatus, pero perdieron todo el temor de Dios y el respeto a lo que Jehová ha establecido. Sin embargo, solo las cosas permanecen cuando se hacen a la manera de Dios. La iglesia puede levantar un imperio, levantar grandes coros, tener millones en los bancos que no se puedan contar, cuantiosas inversiones en instituciones de manera que asombre al mundo con su prosperidad, pero si esa prosperidad no la da Dios se volverá como la de los grandes imperios, que durante miles de años gobernaron y hoy todo se ha reducido en reliquias arquitectónicas y solo son historia. La iglesia puede levantar un imperio y lucir próspera, pero si su reino no sea el de los cielos ni sea su rey Adonay, tarde o temprano llegará su fin, y seguro su caída, pues solo lo de Dios permanece y es infalible.

La sujeción a Dios no se manifiesta en el día de la  necesidad, sino también en el día de la seguridad, porque nuestra obediencia a su voluntad debe ser siempre y de manera incondicional. La forma en cómo se logra el fin a Dios le importa. Nadie tiene derecho a entrar fuego extraño en el altar, es decir, algo que Jehová no instituyó sobre lo que Dios ha establecido. Se ha especulado mucho sobre en qué consistió el pecado de estos sacerdotes, el tipo de fuego que estos introdujeron, pero había muchas instrucciones acerca del incienso y dónde o en qué altar Jehová había determinado lo cual nos indica claramente donde estuvo el error. En cada instrucción de Dios hay una enseñanza, fallar en una de ellas es perder todo lo que Dios nos quiere enseñar. Por lo cual, entendemos que cambiar el orden de las cosas o variarlas es perder el propósito y las verdades eternas que nos quiere enseñar. Hay una manera de hacer las cosas nuevas sin cambiar la instrucción, y es haciéndolo en el Espíritu, entrando en la dimensión de la multiforme gracia de Dios.

Dios todas las cosas las he hecho nuevas en Jesucristo. Por lo cual, un cántico nuevo no es un canto que se compuso hoy, puede ser el mismo de ayer, pero cantando en la gratitud y reconocimiento de hoy. La palabra “nuevo” que se usa en el nuevo testamento para referirse al nuevo pacto, nueva promesa, no es algo nuevo en cuanto al tiempo, sino en cuanto a la naturaleza y calidad, como algo que nunca se ha usado aunque sea viejo, pero es nuevo porque es usado por Dios en Cristo de otra manera. “Un mandamiento nuevo os doy…” (Juan 13:34), dijo Jesús, y digo ¿nuevo?, pero si es el mismo mandamiento de ayer, ah pero ahora lo da en el Hijo, en el Nuevo Pacto, con mejores promesas, con un mejor mediador, en una nueva naturaleza, en el Espíritu, para que lo conozcan bien, en una dimensión de Dios en el Espíritu. Balaam cambió de lugar para maldecir a Israel y su maleficio no funcionó; cambió los números de sus sacrificios y no logró nada, incluso imitó el siete varias veces, y siguió ciertas instrucciones espirituales, pero no les funcionaron, porque no es solo seguir las instrucciones, sino tener el espíritu con el cual se hacen las cosas para Dios. Hay quienes dan ofrendas, pero ellos nunca son ofrendas. El altar del incienso no es para sacrificar holocaustos ni tampoco para derramar libación. Dios cada cosa las hizo con un propósito, no alteremos  las cosas establecidas por Él y nos irá bien. Cuando Dios es agradado Él derrama su gloria, pero solo sucede cuando todo es hecho como, según y conforme a su instrucción. Hay dos tipos de fuego, el fuego de la aprobación y el fuego de la desaprobación.

El fuego de la aprobación, Jehová lo había derramado cuando Moisés terminó el tabernáculo, y ese fuego no podía dejarse de apagar, y de allí había que tomar para ministrar al altar del incienso. De la misma manera, la aprobación de Dios fue derramada desde el cielo por la sangre de Su Hijo, Jesucristo, cuando el cielo se llenó de su gloria el día de la resurrección. De ese sacrificio, de su cruz, debemos todos tomar cuando vamos a ministrar, en el nombre de Jesús. Nadie debe encender ningún fuego de adoración y alabanza que no sea en el nombre de Jesucristo. Todo otro fuego es extraño delante de Dios. Cuántas veces encendemos fuego de emociones, a ritmo de la música que tiene un efecto en nosotros, y hasta fuego de las cosas legítimas lo usamos mal para crear un ambiente, cuando Jehová no ha traído fuego de Jesús.

 Nadie debe encender fuego con el don, la adoración debe ser por el sacrificio de Jesucristo, por eso los intercesores presentan el pacto delante de Dios, la sangre bendita sagrada y rociada que habla mejor que la de Abel.   Nadie debe mecer el incienso de la adoración ni de la intercesión y de toda ministración a Dios sin antes ir al altar del sacrificio establecido por Dios. Cristo es el propiciatorio, donde encontramos perdón para nuestros pecados. Cuando tu vida espiritual esté en decadencia no entres fuego extraño, corre al altar de la cruz y toma del fuego de la aprobación y llena el incensaro de tu vida, y mécelo en Jesús delante de Dios. No puede haber fuego en la ministración a Dios, si no se busca en el altar de la aprobación de Cristo. Todo lo demás es fuego extraño que Jehová no mandó.